En una tumba a más de tres mil metros de altura, en las montañas del Pamir, alguien quemó cannabis dentro de un brasero de madera hacia el año 500 a. C. Cuando en 2019 se analizaron los restos carbonizados de diez de aquellos braseros, apareció una firma química rica en THC. No era una fiesta: era un funeral.
Para entonces esa planta llevaba milenios acompañando a la gente por tres motivos que apenas tienen relación entre sí. Del tallo salía fibra. De la semilla, comida y aceite. De la flor de la hembra, resina.
Lo llamativo no es que durara tanto, sino lo deprisa que se cortó. Entre 1925 y 1961, la misma especie que vestía los barcos del rey y estaba en las farmacopeas pasó a la lista internacional más restrictiva que existe, y no porque hubiera aparecido evidencia médica nueva.
Esto es divulgación histórica: fechas, nombres y lo que se sabe con qué grado de certeza.
Una planta y tres cosechas distintas: fibra, semilla y resina
Casi todo lo confuso de esta historia se aclara con una idea: durante la mayor parte del tiempo, quien hablaba de cannabis no hablaba de lo mismo que hoy. Tres cosechas, tres mundos.
- La fibra. Está en el tallo. Enriada, machacada y peinada da cuerda, tela, papel y estopa. Es el uso más antiguo y, durante siglos, el más importante con diferencia.
- La semilla. Alimento humano en el norte de China, aceite y, desde hace mucho, comida para pájaros. No lleva cannabinoides en cantidad relevante.
- La resina. La segrega la flor de la hembra sin fecundar. Es la parte que interesa por sus efectos y la que menos huella deja en el registro arqueológico.
La misma especie da las tres cosas, con distinto reparto según la variedad. Un cáñamo textil y una planta de resina son parientes cercanos con perfiles químicos opuestos, y la línea administrativa que hoy los separa —un umbral de THC— es un invento del siglo XX, como se cuenta en cáñamo industrial y CBD.
Sobre el origen, el trabajo más citado es un estudio genómico de 2021 que comparó ciento diez genomas de todo el mundo: apunta a una domesticación única en Asia oriental hace unos doce mil años, con la separación posterior entre las líneas de fibra y las de resina. Es la hipótesis mejor apoyada, no una verdad cerrada.
Las pruebas más antiguas: braseros en el Pamir y humo entre los escitas
El uso textil aparece pronto y en muchos sitios: impresiones de cordel en cerámica neolítica china, restos de tejido, semillas en poblados. Es un uso doméstico y aburrido, y por eso mismo está en todas partes.
El uso por sus efectos deja menos rastro, y hay dos yacimientos que se citan siempre. El primero está en Yanghai, cerca de Turfán, en el actual Xinjiang: una tumba de hace unos 2.700 años con casi un kilo de material vegetal guardado junto al difunto, sin tallos ni semillas útiles para fibra. El segundo es Jirzankal, en el Pamir oriental, hacia el 500 a. C. Allí lo decisivo no fue encontrar la planta, sino analizarla: el estudio publicado en 2019 identificó en los braseros restos con más THC del que produce una planta silvestre. Alguien había elegido qué quemar.
La descripción escrita más antigua es de Heródoto, hacia el 440 a. C. En el libro cuarto de sus Historias cuenta que los escitas, pueblo nómada de las estepas, montaban una tienda de fieltro, ponían piedras al rojo dentro y arrojaban semilla de cáñamo encima: el vapor los dejaba, escribe, aullando de gusto. Durante siglos se tomó por exageración de viajero, hasta que las excavaciones de los túmulos helados de Pazyryk, en el Altái, sacaron braseros con semillas de cáñamo dentro.
Fuera de las estepas la planta viaja pronto a la India, donde el bhang se integra en el uso religioso y cotidiano. En China aparece en tratados de materia médica que la tradición atribuye a Shen Nung, aunque esa atribución es legendaria y los textos conservados se compilaron mucho después.
El cáñamo que movió los barcos: sin fibra no hay marina de vela
Aquí está la parte que casi nadie cuenta, y explica por qué durante siglos esta planta fue un asunto de Estado. Un navío de guerra de los siglos XVII y XVIII era, en buena medida, un objeto de cáñamo. La jarcia —todo el cordaje, del cabo más fino al cable del ancla— se trenzaba con él. El velamen se tejía con él; la palabra inglesa canvas viene, por vía del latín, de cannabis. Y las juntas del casco se calafateaban con estopa, a menudo hecha deshilachando cabos viejos alquitranados.
Un solo barco de línea consumía decenas de toneladas de fibra, y el cordaje se pudre: había que reponerlo. Eso convirtió el cáñamo en un suministro militar comparable a la pólvora, con un agravante. La mejor fibra venía del Báltico, sobre todo de Rusia, y quien no la cultivaba dependía de un mar que un enemigo podía cerrar.
Ninguna potencia europea podía permitirse que su marina flotara sobre una cosecha ajena.
El cáñamo en España: la Vega de Granada, el Bajo Segura y las reales fábricas
España vivió ese problema en primera persona y respondió como respondían los Borbones: con fomento agrícola y fábricas reales.
La Real Fábrica de Jarcia y Lona de Sada, en la ría coruñesa, hilaba y tejía para los barcos del rey desde el último tercio del siglo XVII, y llegó a ser un complejo textil enorme para la época. A partir de 1751 se levantaron reales fábricas de jarcia junto al arsenal de Cartagena. Y para no depender del cáñamo ruso se organizó el abastecimiento propio: desde 1747, una compañía privilegiada gestionó el suministro procedente sobre todo de la Vega de Granada.
El otro gran foco fue el Bajo Segura alicantino, con Callosa de Segura como capital cañamera. Cuando el botánico Cavanilles recorrió aquellas comarcas a finales del siglo XVIII describió pueblos enteros organizados alrededor de la fibra: telares, cordelerías y cientos de personas haciendo alpargatas. No era un cultivo más, era una cadena industrial completa.
Todo eso se hacía a plena luz y con estímulo del Estado, y duró mucho: en 1928 aún se creó un Comité Oficial del Cáñamo para fomentarlo. Lo que acabó con el cultivo no fue una prohibición, fue el vapor, el acero, el cable de alambre y las fibras sintéticas.
La botica del siglo XIX: cómo entró en la medicina occidental
Mientras la fibra decaía, la resina hacía el camino inverso. El nombre que hay que retener es William Brooke O'Shaughnessy, médico irlandés al servicio de la Compañía de las Indias Orientales en Calcuta. En 1839 presentó ante la sociedad médica de Bengala un trabajo sobre las preparaciones de Indian hemp: describía cómo se usaban allí, ensayaba primero en animales y luego en pacientes, y anotaba los casos uno a uno. En 1841 volvió a Gran Bretaña con muestras y con el método.
El extracto se extendió rápido. A mediados de siglo estaba en la farmacopea estadounidense y en la década de 1860 en la británica, y casas como Squibb, Parke-Davis, Merck o Eli Lilly vendían tinturas de cáñamo índico en frasco. En 1890, el médico de cabecera de la reina Victoria publicó en The Lancet un balance de treinta años de uso clínico. Era un fármaco corriente, con su sitio en el vademécum.
Y se cayó de él antes de que nadie lo prohibiera, por razones prácticas. La potencia de cada partida variaba muchísimo, así que dosificar era una lotería. No es soluble en agua, de modo que no podía inyectarse, justo cuando la jeringuilla se imponía. Y aparecieron competidores baratos, constantes y patentables: la aspirina en 1899, los barbitúricos poco después. Cuando llegó la prohibición, la medicina ya se estaba yendo por su cuenta.
Cómo se prohibió: Ginebra 1925, Anslinger 1937 y la Convención de 1961
La prohibición internacional del cannabis se decidió en tres momentos, y en ninguno de los tres fue el resultado de una revisión científica.
| Año | Qué pasó | Qué cambió |
|---|---|---|
| 1925 | Segunda Convención Internacional del Opio, en Ginebra | El cáñamo índico entra en el control internacional sin estar en el orden del día |
| 1937 | Marihuana Tax Act, en Estados Unidos | Un impuesto imposible de pagar acaba en la práctica con el uso legal |
| 1961 | Convención Única sobre Estupefacientes | Se fija el marco global que sigue vigente hoy |
Ginebra, 1925. La conferencia se había convocado para poner límites al opio, la morfina, la heroína y la cocaína. El cannabis no figuraba en la agenda. Lo introdujo el delegado egipcio, Mohamed El Guindy, sosteniendo que el hachís era tan peligroso como el opio y un problema grave en su país. Varias delegaciones lo apoyaron sin que se presentara informe técnico alguno, y la conferencia lo incluyó. Egipto tenía un motivo doméstico; lo que quedó fue un tratado internacional.
Estados Unidos, 1937. Al frente del Federal Bureau of Narcotics desde 1930 estaba Harry Anslinger, un funcionario con un talento notable para la prensa. Su campaña se apoyó en casos de sucesos y en un discurso abiertamente racial dirigido a mexicanos y afroamericanos. La ley que impulsó no prohibía formalmente: creaba un impuesto y un régimen de sellos cuyo incumplimiento era delito, y en la práctica cerró la puerta. La Asociación Médica Americana se opuso en la vista parlamentaria, advirtiendo de que se legislaba sobre un fármaco en uso sin haber consultado a los médicos. No sirvió de nada. En 1942 el cannabis salió de la farmacopea estadounidense, y el informe que el alcalde de Nueva York encargó a la Academia de Medicina, publicado en 1944, contradijo buena parte de lo que Anslinger sostenía sin cambiar nada.
Nueva York, 1961. La Convención Única sobre Estupefacientes ordenó los tratados anteriores en un solo texto y colocó el cannabis en la Lista I y además en la Lista IV, reservada a lo que se consideraba especialmente peligroso y sin utilidad médica reconocida. Su artículo 49 permitía arrastrar los usos tradicionales durante un periodo transitorio, con la idea de que desaparecieran. Ese texto, con retoques, es el marco en el que sigue metido el mundo.
La ciencia llegó después: el THC en 1964 y un sistema que no sabíamos que teníamos
Conviene poner las fechas una debajo de otra, porque el orden es lo interesante.
En 1964, en el Instituto Weizmann de Israel, Raphael Mechoulam y Yechiel Gaoni aislaron el THC y determinaron su estructura; el año anterior habían hecho lo propio con el CBD. Mechoulam contaba que consiguió el hachís de partida pidiéndoselo a la policía, porque no había otra vía legal de obtenerlo. Es decir: la comunidad internacional había clasificado la planta en la lista más restrictiva tres años antes de que nadie supiera qué molécula producía sus efectos.
La segunda parte tardó otros veinticinco años. A finales de los ochenta se identificó en cerebro de rata un receptor al que el THC se unía, y en 1990 se clonó el que hoy llamamos CB1. La pregunta venía sola: si el cuerpo tiene una cerradura, tendrá una llave propia. En 1992 el equipo de Mechoulam aisló esa llave y la llamó anandamida, del sánscrito ananda. Poco después llegaron el receptor CB2 y un segundo compuesto propio, el 2-AG.
Así se describió el sistema endocannabinoide: una red de receptores y moléculas que fabrica el propio organismo y que participa en la regulación de procesos como el apetito, el dolor, el sueño o la respuesta inmunitaria. Estaba ahí desde siempre y se encontró buscando por qué funcionaba una planta prohibida. Qué implica exactamente en clínica sigue investigándose, con más preguntas abiertas que respuestas firmes.
De 2020 al mapa de hoy, y qué deja esta historia
El 2 de diciembre de 2020, la Comisión de Estupefacientes de la ONU votó, por 27 votos contra 25 y una abstención, sacar el cannabis y su resina de la Lista IV de la Convención de 1961, siguiendo una recomendación de la Organización Mundial de la Salud. Es la primera revisión de fondo en casi sesenta años, y su alcance es limitado: reconoce que tiene utilidad médica y deja de tratarlo como un caso perdido, pero sigue en la Lista I y bajo control internacional pleno.
Mientras tanto, varios países se salieron del guion por su cuenta. Uruguay reguló el consumo adulto por ley en 2013. Colorado y Washington habían abierto la brecha en Estados Unidos en 2012 y hoy son más de veinte estados, con un gobierno federal que en abril de 2026 movió a la Lista III el cannabis medicinal con licencia estatal y los medicamentos aprobados, dejando el resto donde estaba. Canadá lo reguló en todo el país en 2018. Malta aprobó su modelo asociativo en 2021 y Alemania en 2024.
España no está en esa lista y su historia va por otro camino: un modelo asociativo nacido de un hueco del Código Penal, que se cuenta entero en la historia de los clubes sociales de cannabis. Dónde está hoy ese asunto, con las sentencias en la mano, en la situación legal de los clubes en España.
Cinco cosas que esta historia deja resueltas, útiles cuando alguien suelta un dato con mucha seguridad:
- La prohibición no vino de la medicina. Salió de una conferencia diplomática de 1925 donde el cannabis ni siquiera estaba en el orden del día.
- El cáñamo textil no es un invento moderno ni ecologista. Fue material militar de primer orden, cultivado en España por impulso del Estado.
- La medicina lo abandonó antes de que lo prohibieran, por dosificación y competencia farmacéutica, no por escándalo.
- Se legisló antes de entender. Primero la lista de 1961, después la química: el THC en 1964 y el sistema endocannabinoide en los noventa.
- Ninguna variedad de hoy viene directa de aquellas plantas. Median décadas de cruces, como se ve en landraces y genética del cannabis.
Diez mil años de fibra, semilla y resina; cuarenta de trámites que lo cambiaron todo. Casi todo lo que hoy se da por evidente sobre esta planta se decidió en los segundos.