Mira la pizarra de tu club. Ocho nombres, puede que doce. Si pudieras seguir el hilo de cada uno hacia atrás, las líneas no se separarían: se irían juntando, y acabarían casi todas en el mismo sitio. Unos valles de Afganistán, unas laderas del Rif, unos campos de Colombia y de Tailandia, entre 1965 y 1985.
El catálogo es enorme y el árbol genealógico, estrechísimo. Saber por qué explica bastantes cosas del mostrador: por qué la misma variedad no sabe igual según quién la traiga, y por qué el nombre informa tan poco.
Qué es una landrace y por qué no es una «variedad pura»
Una landrace es una población local: plantas que llevan muchas generaciones creciendo en el mismo sitio, sembradas y resembradas por la gente de allí, sin programa de mejora detrás ni nadie llevando registros.
El sitio hace el trabajo. La altitud, el fotoperiodo de esa latitud, cuándo llueve, qué hongos hay. Lo que no aguanta no deja semilla. Al cabo de siglos tienes plantas que responden muy bien a ese lugar concreto y a menudo bastante mal a cualquier otro.
El término se usa mal casi siempre. «Landrace» se vende como sinónimo de pureza, y es más bien lo contrario: dentro de una landrace hay variación, hermanas que florecen con dos semanas de diferencia y huelen distinto, precisamente porque nadie las ha uniformado. Una variedad comercial estable se parece mucho más a sí misma que una población autóctona.
El mapa: qué había en cada sitio antes de todo esto
No hay lista cerrada, pero unas cuantas regiones aparecen una y otra vez en el pedigrí de lo que circula hoy por Europa.
| Región | Cómo era la planta | Qué se hacía con ella |
|---|---|---|
| Hindú Kush (Afganistán, Pakistán) | Baja, ancha, ciclo corto, muy resinosa | Hachís prensado; el ancestro de casi todo lo que el mercado llama «índica» |
| Rif (Marruecos) | Alta y fina, la beldia local, poco productiva | Kif, y desde los años sesenta hachís de exportación |
| Valle de la Becá (Líbano) | Compacta, tardía, de secano | Hachís rubio, tradición de siglos |
| Tailandia y Laos | Muy alta, hoja estrechísima, floración larguísima | Flor atada a cañas, los llamados thai sticks |
| Colombia y México | Grande, ciclo largo, aroma dulce o picante | Flor seca; lo que llegó a Estados Unidos en los sesenta y setenta |
| Malawi, Suazilandia, Durban | Sativa africana; la de Durban florece pronto | Flor local; Durban aportó precocidad a medio catálogo europeo |
| India y Nepal | De montaña, resina recogida a mano | Charas, con uso ritual documentado hace milenios |
Fíjate en la tercera columna: la planta y el uso van juntos. Donde se hacía hachís se seleccionó, sin querer, hacia mucha resina y ciclo corto. El contexto largo está en la historia del cannabis en el mundo.
Sativa, índica y ruderalis: dos siglos de discusión sin acuerdo
Linneo describió Cannabis sativa en 1753. Lamarck propuso Cannabis indica en 1785 para unas plantas de la India con otro aspecto. Y en 1924 un botánico ruso, Janischewsky, describió Cannabis ruderalis a partir de poblaciones silvestres de Asia Central que florecen por edad y no por fotoperiodo —de ahí salió después todo lo automático, y eso lo cuento en fotoperiodo y variedades automáticas—.
Desde entonces la botánica no se ha puesto de acuerdo: una escuela sostiene que hay una sola especie con subespecies, otra defiende tres. Los trabajos de genotipado de la última década no han resuelto la discusión, y encuentran agrupaciones reales que no coinciden con las etiquetas del mostrador: muestras vendidas como índica que caen junto a sativas, y al revés.
El lío de fondo es que «índica» significa dos cosas distintas. Para un botánico apunta a las plantas del subcontinente indio. Para el mercado, a las afganas, bajas y anchas, que llegaron cien años después de Lamarck. Nadie va a arreglar eso ya.
Lo que sí conviene tener claro es lo otro: la forma de la planta no predice el efecto. Altura, ancho de hoja y semanas de floración son rasgos agronómicos, útiles para quien cultiva e inservibles en la barra. Cómo se habla de esto delante de un socio está en variedades y terpenos en el mostrador.
Cómo llegaron a Occidente: la ruta, California y luego Holanda
El material se movió en mochilas. En los sesenta y setenta, miles de personas hicieron por tierra el camino de Europa a Nepal pasando por Turquía, Irán, Afganistán y Pakistán, y muchas volvieron con semillas en el bolsillo. Cuando la ruta se cerró, aquellas semillas ya estaban en varios continentes.
El otro flujo venía de América: colombiana, mexicana, jamaicana. A finales de los setenta, el susto del paraquat rociado sobre cultivos mexicanos empujó a mucha gente en Estados Unidos a cultivar en casa, y de ahí salió una generación de criadores en California y Oregón que empezó a cruzar en serio lo que tenía. Ahí nacen las líneas que sostienen el catálogo entero.
La presión policial de los años ochenta en California mandó a buena parte de esa gente a Países Bajos, que toleraba lo que otros perseguían. Ámsterdam se convirtió en la aduana genética del mundo: entre 1985 y 1995 se montaron allí los bancos que fijaron los nombres que todavía usamos y se creó un mercado internacional de semilla. De aquellos veinte años sale el vocabulario del mostrador, y de dónde salen los nombres concretos lo cuento en de dónde vienen los nombres de las variedades.
El catálogo mundial lo escribieron unas pocas decenas de personas, en dos sitios, en veinte años.
Híbrido, fenotipo y clon: la idea que casi nadie tiene clara
Aquí está el punto que más malentendidos genera, y es sencillo de explicar.
Un híbrido es el resultado de cruzar dos líneas distintas. Nada más. No es una categoría intermedia entre índica y sativa, aunque se use así.
Un fenotipo es cómo se expresa una planta concreta: su aspecto, su olor, su ciclo. Depende de los genes que le tocaron y del sitio donde creció. Y aquí viene lo importante: cuando dos plantas se cruzan, cada semilla recibe una combinación distinta de la herencia de sus padres. Diez semillas del mismo paquete son diez hermanas: se parecen, como se parecen los hermanos, pero no son iguales. Una saldrá más cítrica, otra más lenta, otra sin ninguna gracia.
Un clon o esqueje es una rama cortada de una planta y enraizada. Eso sí es una copia: mismo genotipo, la misma planta continuada. «El corte bueno» de una variedad es exactamente esto, una planta individual que gustó y que lleva años propagándose a trozos.
De ahí sale la respuesta a una pregunta muy repetida en la barra: por qué la misma variedad no sabe igual según quién la trajo. Puede ser otro fenotipo de la misma bolsa de semillas. Puede ser el mismo clon en otras condiciones, porque el ambiente también manda. O puede ser que el nombre se haya copiado y ahí dentro no haya nada de aquella genética. Las tres pasan a diario.
Por qué fijar una línea cuesta años
Si cada semilla sale distinta, la pregunta obvia es cómo se consigue una variedad que se repita. La respuesta corta: con tiempo y descartando mucho. Estabilizar es seleccionar generación tras generación hasta que la descendencia se parezca de verdad entre sí, y la retrocruza —recuperar los rasgos de un parental volviendo repetidamente sobre él— es la herramienta clásica. En la práctica son varios ciclos, cada uno con su cultivo entero, tirando la mayor parte de lo que sale en cada vuelta.
De ahí dos consecuencias. El trabajo serio de mejora es lento y caro, y por eso hay muchas menos líneas realmente estables de las que sugiere el catálogo. Y gran parte de lo que se vende como híbrido «F1» son cruces sin ese trabajo detrás: la etiqueta promete una uniformidad que ahí no hay.
Además, cada vuelta de selección estrecha el fondo genético. Se gana previsibilidad y se pierde diversidad. Llevamos cincuenta años haciendo eso, casi siempre en la misma dirección.
La erosión genética: las poblaciones originales están desapareciendo
Mientras Occidente cruzaba, en los países de origen pasaba otra cosa: las landraces estaban siendo sustituidas por los híbridos comerciales que habían salido de ellas.
El caso del Rif es el más documentado. La beldia marroquí, la variedad local de toda la vida, se ha ido cambiando desde los años dos mil por híbridos importados mucho más productivos, que además necesitan bastante más agua en una región que no la tiene. En pocos años, una población seleccionada durante siglos ha quedado reducida a parcelas sueltas.
El patrón se repite en otros sitios, con causas que se suman: erradicaciones, guerras, cambios de cultivo, gente joven que emigra y deja de sembrar lo de casa. Cuando una población local deja de sembrarse dos o tres años seguidos, no se recupera.
Hay respuesta, aunque pequeña: proyectos de recolección que llevan dos décadas recorriendo Asia, África y América buscando material aún no mezclado, documentando de dónde y de quién procede cada muestra y guardándolo en colecciones. Trabajo de banco de germoplasma, el mismo que se hace con cualquier cultivo tradicional.
Y no es nostalgia: un fondo genético estrecho es frágil ante un patógeno nuevo, y eso vale para el cannabis igual que para el trigo o el plátano. Lo que se pierda ahora no se vuelve a inventar.
Qué significa todo esto detrás del mostrador
La conclusión práctica es incómoda para quien vive del catálogo: el nombre de la variedad es el dato menos fiable que tienes. No está registrado en ningún sitio y detrás puede haber una semilla de banco, un esqueje de tercera mano o una planta que se parecía.
Lo fiable es lo otro: de quién viene. El mismo cultivador, con el mismo corte y en la misma instalación, entrega algo razonablemente parecido cada vez. Ese es el dato que predice. Por eso un club que apunta la procedencia de cada entrada puede responder lo que otro no: si esto es lo mismo que lo del mes pasado y si la partida que gustó volverá.
Tres campos, apuntados el día que entra el material, resuelven casi todo:
- Quién la cultivó. El dato con más poder predictivo de todos, y el que más se omite.
- De semilla o de esqueje. Si es de semilla, espera variación entre lotes y avisa de ella. Si es de un corte, debería repetirse.
- Qué nombre trae y qué se sabe del cruce. Escrito siempre igual, y si el pedigrí no se conoce, que ponga que no se conoce.
Con eso, cuando un socio diga «la del mes pasado estaba mejor», tenéis una conversación con datos en vez de una discusión de memoria. Y cuando algo salga mal, sabéis exactamente qué mirar. Es la misma cadena de la que hablo en control de stock y trazabilidad: el registro no se hace para la estantería, se hace para el día que preguntan.
Queda una última cosa. El cogollo que hay ahora en el tarro es el final de una cadena que empieza en una ladera del Hindú Kush, pasa por una mochila en 1972, por un armario en California, por un banco de Ámsterdam en 1989 y por el cultivo de alguien que conoces. Contarlo así, con la parte que sabes y sin inventar la que no, informa más que cualquier etiqueta de la pizarra.