Skunk se llama así porque huele a mofeta. Cheese, porque a alguien en Inglaterra le olió a queso viejo. Jack Herer es el apellido de un señor que se pasó la vida repartiendo un libro. Y OG Kush lleva treinta años sin que nadie se ponga de acuerdo en qué significan esas dos letras.
Detrás de cada nombre de la pizarra hay una historia. Unas son geografía comprobable, otras son publicidad y unas cuantas son tradición oral sin un solo papel detrás. Vale la pena saber cuál es cuál, porque al final de esa cadena hay una consecuencia práctica para quien está detrás de un mostrador.
Los nombres que vienen del olor
Son los más antiguos y los más honestos, porque describen algo comprobable en el acto: abres el tarro, hueles y coincide o no coincide.
Skunk es la mofeta americana, el bicho cuyo mecanismo de defensa es un chorro de compuestos azufrados. Skunk #1 se estabilizó en California en los setenta a partir de material afgano, mexicano y colombiano, y llegó a Holanda a principios de los ochenta. Lo interesante vino después: en el Reino Unido «skunk» dejó de nombrar una variedad y pasó a ser el término genérico —también en la prensa y en documentos oficiales— para cualquier cogollo potente sin semillas. Es el primer nombre del sector que se convirtió en categoría.
Cheese nació de ahí mismo. A finales de los ochenta, en Inglaterra, de un paquete de semillas de Skunk #1 salió una planta que olía distinto a sus hermanas: agria, láctea, a queso curado. Se clonó y no se vendió nunca como semilla: viajó de esqueje en esqueje por el circuito de fiestas libres británico, y el colectivo Exodus, de Luton, aparece en todas las versiones como responsable de repartirla. De ahí «Exodus Cheese». Las fechas bailan entre 1988 y 1995 según quién lo cuente, y ninguna versión tiene documentación. Así se fija un nombre aquí: alguien abre un bote, dice a qué le huele y la palabra se queda.
Con la misma lógica se pusieron Blueberry, seleccionada por DJ Short a partir de material tailandés y afgano, y toda la familia Lemon, cuyo nombre apunta al limoneno, el terpeno de la piel de cítrico.
Los nombres que vienen de un sitio
La otra familia clásica es geográfica, y durante décadas fue literal: el nombre decía de dónde venía la semilla. Afghan y Hindu Kush, del macizo entre Afganistán y Pakistán. Thai, de Tailandia. Colombian Gold, de la Sierra Nevada de Santa Marta. Acapulco Gold, Panama Red, Malawi Gold, Durban Poison —de Durban, en Sudáfrica, llevada a Estados Unidos en los setenta—.
Hasta el adjetivo era descriptivo: «Gold» aludía al color dorado de aquel material curado y prensado, y «Red» a los pistilos rojizos. El «Poison» de Durban Poison, en cambio, ya era reclamo: no describe nada, suena bien.
Todos ellos nombraban poblaciones locales adaptadas a su sitio durante generaciones, lo que se llama landraces o variedades locales. Hoy, cuando ves «Afghan» o «Thai» dentro de un nombre compuesto, ya no es una procedencia: es, como mucho, una declaración de parentesco que nadie ha comprobado.
Haze: un nombre que acabó significando otra cosa
La historia empieza en Santa Cruz, California, a principios de los setenta. Se atribuye a dos hermanos conocidos como los hermanos Haze, que fueron cruzando material mexicano, colombiano, tailandés e indio hasta dar con plantas de floración larguísima y aroma a incienso.
De dónde sale la palabra se discute. Hay quien dice que era el apellido —o el apodo— de aquellos hermanos; hay quien sostiene que el mote se lo pusieron unos distribuidores de la costa este; hay quien lo atribuye al aspecto brumoso de la resina y hay quien lo cuelga de Jimi Hendrix. Ninguna de las cuatro versiones está documentada, y las cuatro se repiten como si lo estuvieran.
Las semillas acabaron en Holanda a principios de los ochenta y allí se cruzaron con todo: Neville's Haze, Super Silver Haze, Amnesia Haze, Lemon Haze. En ese trasiego la palabra cambió de oficio. Hoy «Haze» no nombra una genética concreta, sino que anuncia planta espigada, floración larga y aroma especiado. Casi ninguna Haze de un mostrador español desciende de forma trazable de aquella de Santa Cruz.
OG Kush: la palabra que sí significa algo y la que no
«Kush» es de las pocas piezas de esta nomenclatura que remite a algo localizable en un mapa: la cordillera del Hindú Kush. Se usa para hablar de plantas de tipo afgano, bajas, compactas y resinosas, y en ese sentido informa.
«OG» es lo contrario. Llevamos tres décadas con cuatro versiones en circulación:
- Ocean Grown, cultivada junto al mar por oposición a la de montaña: alguien dijo que aquello parecía de la sierra y el cultivador contestó que no, que era ocean grown.
- Original Gangster, que un banco de semillas conocido atribuye al entorno de Cypress Hill, en el valle de San Fernando de los noventa.
- Original Grower, la variante menos épica y la que menos circula.
- Original a secas, que es lo que dicen algunos de los cultivadores que reclaman la paternidad del clon: esa era la buena, frente a las copias.
Nadie lo ha zanjado y ya nadie lo va a zanjar: no hay archivo que consultar, solo relatos de gente interesada en salir en el relato. Mientras tanto, «OG» se ha convertido en un sello de prestigio que se cuelga a cualquier cosa, igual que «premium» en un supermercado.
Apellidos, leyendas y colores
Jack Herer es de los pocos nombres del catálogo que homenajea a una persona real y verificable. Herer (1939-2010) fue un activista estadounidense, autor de El emperador está desnudo, un libro autoeditado sobre los usos históricos del cáñamo y sobre cómo se llegó a la prohibición. Sensi Seeds bautizó una variedad con su nombre a principios de los noventa, en vida suya.
Northern Lights es el caso contrario: leyenda casi entera. La historia habitual habla de un cultivador anónimo en una isla cerca de Seattle a finales de los setenta, once plantas de origen afgano numeradas del 1 al 11 y la número 5 como la buena; el material habría llegado a Holanda de la mano de Neville Schoenmakers. De todo eso, lo único documentado empieza cuando la variedad se pone a la venta en Holanda en los ochenta. El resto es tradición oral, y conviene contarlo como tal.
White Widow se llama así por la capa de tricomas que deja la planta con aspecto escarchado. Apareció en Holanda a mediados de los noventa y su autoría lleva discutiéndose desde entonces, con más de una parte reclamándola: que no esté clara la paternidad de una de las variedades más famosas del mundo dice bastante de la memoria de este sector.
Amnesia ya es otra cosa: no describe un olor, ni un sitio, ni un apellido, sino que promete un efecto. Es el punto exacto donde la nomenclatura se vuelve publicidad, y conviene tenerlo presente cuando ese nombre llega a una pizarra.
Y el bloque Purple. El color morado viene de las antocianinas, los mismos pigmentos que tiñen la col lombarda o la berenjena: se expresan por genética y se acentúan con el frío de las últimas semanas. Un cogollo morado no es más fuerte ni menos: es más vistoso, que en un mostrador no es poco, pero no informa de nada.
| Nombre | De dónde sale | Cuánto se sabe de verdad |
|---|---|---|
| Skunk | El olor de la mofeta | Origen californiano de los setenta bien documentado |
| Cheese | Un fenotipo de Skunk #1 que olía a queso | Historia oral británica; fechas y autoría discutidas |
| Durban Poison | Durban, Sudáfrica | El topónimo es real; el «Poison» es reclamo |
| Haze | Discutido: apellido, apodo o aspecto | Cuatro versiones, ninguna documentada |
| Kush | La cordillera del Hindú Kush | Geografía real y comprobable |
| OG | Discutido desde los noventa | Sin zanjar, y probablemente ya sin zanjar posible |
| Jack Herer | Un activista real, autor de un libro | Verificable de principio a fin |
| Northern Lights | La aurora boreal | Leyenda hasta su llegada a Holanda |
| Zkittlez | Un caramelo, con la grafía cambiada | El guiño es evidente; la genealogía, no |
La era de los postres: Cookies, Gelato, Runtz, Zkittlez
Alrededor de 2010, en la bahía de San Francisco, el vocabulario cambia de golpe. Girl Scout Cookies. Sunset Sherbet. Gelato, con sus números de fenotipo —la Gelato #33, a la que llaman Larry Bird por el dorsal del jugador—. Wedding Cake. Runtz. Zkittlez. En diez años el menú pasó de sonar a monte a sonar a heladería.
Lo que cambió no fue la planta: fue el mercado. Los nombres anteriores describían un olor, un sitio o una genealogía, cosas que le importan a quien cultiva. Estos describen un antojo, que es lo que le importa a quien compra en una tienda con escaparate. El nombre deja de ser una descripción y se convierte en una marca.
Y donde hay marcas hay abogados. Las Girl Scouts de Estados Unidos mandaron requerimientos a dispensarios que vendían «Girl Scout Cookies», y buena parte del sector pasó a escribirlo simplemente GSC. La empresa del pegamento Gorilla Glue demandó a los creadores de la variedad homónima, y el acuerdo de 2017 obligó a rebautizarla como Original Glue, New Glue y Sister Glue, con las siglas GG1, GG4 y GG5. Zkittlez, mientras tanto, se escribe con esas zetas por razones que se entienden solas leyendo en voz alta el nombre del caramelo al que alude.
El nombre dejó de decir a qué huele para decir a qué te suena.
Cómo se ponen los nombres hoy
Con cuatro mecanismos, que a menudo se combinan en la misma etiqueta:
- El nombre compuesto. Los dos parentales pegados: Lemon Skunk, Gelato Zkittlez, Wedding Gelato. Es el más informativo, siempre que el cruce declarado sea cierto, cosa que nadie verifica.
- El número de fenotipo. El #33, el #4, el «cut» de alguien. De un mismo paquete de semillas salen plantas distintas; quien selecciona las numera y se queda con una. Ese número suele decir más que el nombre.
- El clon con nombre propio. Material que no se vende en semilla y viaja en esqueje, con el nombre de quien lo seleccionó o del sitio donde apareció. Cheese es el caso de manual.
- La marca. Bancos y colecciones que ponen su nombre delante y registran lo que pueden registrar.
Y ahí está el detalle que se le escapa a casi todo el mundo: registrar un nombre no es registrar una planta. Una marca puede impedir que otra empresa venda semillas con esa etiqueta. No puede impedir que en el tarro de un mostrador, a mil kilómetros, ponga lo mismo encima de otra cosa.
Por qué el nombre no garantiza nada, y qué sí
Aquí es donde la curiosidad se vuelve un asunto de gestión. No existe registro varietal ni denominación de origen para esto. El contraste está a un paso: el cáñamo industrial sí tiene un catálogo europeo de variedades, con nombres como Finola, Futura 75 o Fedora 17, porque es un cultivo agrícola reglado, con semilla certificada. Lo que hay en el tarro de un club no está en ningún catálogo.
De ahí salen cuatro consecuencias que conviene decir en voz alta:
- Dos clubes pueden tener algo llamado «Amnesia» y ser dos plantas sin parentesco.
- Un mismo nombre puede designar cosas distintas en el mismo club con dos años de diferencia.
- Nadie audita la genealogía que declara un banco ni el nombre que declara un proveedor.
- El nombre no es una promesa de composición, ni de aroma, ni por supuesto de efecto. Cómo se describe una variedad en la barra sin prometer nada lo desarrollo en variedades y terpenos en el mostrador.
Lo único que describe de verdad lo que hay en un tarro es la ficha que hace el propio club: quién la cultivó, de dónde vino, qué día entró, a qué huele hoy. Eso sí es información, porque la genera quien puede responder de ella. Y además es lo que hace que los recuentos cuadren: un nombre escrito de tres maneras son tres variedades para cualquier inventario, como cuento en control de stock y trazabilidad.
Cómo tratar un nombre heredado, en seis reglas que se pueden aplicar esta semana:
- El nombre comercial figura como lo que es: una etiqueta heredada, no un dato sobre la planta.
- Cada variedad se escribe siempre igual en la pizarra, en la ficha y en el recuento.
- Al lado del nombre está siempre quién la cultivó y qué día entró.
- Si el cruce no se conoce, la ficha dice que no se conoce, en vez de inventarse una genealogía.
- Si dos lotes distintos han llevado el mismo nombre, se distinguen con año o número de lote.
- Nadie del equipo usa el nombre para anticipar lo que le va a pasar a quien se lo lleva.
Las historias merecen contarse, y a los socios les gustan: que Cheese saliera de un paquete de semillas en Inglaterra o que Jack Herer fuera una persona hace mejor conversación que cualquier porcentaje pintado en una pizarra. Pero se cuentan como lo que son. Lo que responde de lo que hay en el tarro es la ficha, y esa la escribís vosotros.