Casi todo lo que se cuenta del fotoperiodo se tuerce en la primera frase: «la planta florece cuando bajan las horas de luz». No. La planta no sabe cuánta luz ha recibido, ni le importa. Lo que mide, y lo mide con una precisión de reloj, es cuántas horas seguidas lleva a oscuras.
Parece un matiz de manual. No lo es. De esa diferencia salen el calendario de una cosecha de exterior, la razón por la que una farola encendida del patio puede desbaratar una floración entera y la existencia misma de las variedades automáticas.
Qué es el fotoperiodismo y por qué el cannabis es de día corto
El fotoperiodismo es la capacidad de un ser vivo de medir la duración relativa del día y la noche y usar ese dato como calendario. Lo descubrieron en 1920 dos investigadores del ministerio de agricultura estadounidense, Garner y Allard, peleándose con una variedad de tabaco que crecía sin parar y no florecía nunca en el campo, pero sí florecía en el invernadero en invierno. No era la temperatura ni el riego. Era la duración del día.
De ahí salieron tres grupos: las plantas de día largo, que florecen cuando el día supera cierta duración (la espinaca, la cebada); las de día corto, que florecen cuando baja de ella (el crisantemo, la soja, el arroz); y las indiferentes, que florecen por edad y se saltan la conversación (el tomate).
El cannabis es de día corto. Y «día corto» es un nombre desafortunado, heredado de cuando se creía que lo importante era el sol: la etiqueta correcta sería planta de noche larga. La nomenclatura se quedó anticuada en los años treinta y nadie la ha cambiado, y de ahí viene medio siglo de explicaciones al revés.
Otra precisión: el fotoperiodo dispara la floración, no la vida entera de la planta. La germinación, el crecimiento y la maduración de la flor tienen su propia lógica, y los repaso en el ciclo de vida de la planta de cannabis. Lo que decide el fotoperiodo es el momento exacto del cambio.
Lo que cuenta es la noche, y sin interrupciones
El experimento que lo dejó claro es de 1938 y es de una elegancia que todavía se enseña. Hamner y Bonner trabajaban con el cadillo, otra planta de día corto. Probaron dos cosas simétricas.
Primero partieron el día en dos con un rato de oscuridad en mitad de la tarde. La planta floreció igual: interrumpir el día no le hizo nada. Después dejaron el día entero y metieron un minuto de luz en mitad de la noche. La planta no floreció.
Ese minuto es toda la teoría. Lo que la planta necesita no es un día corto, sino un bloque de oscuridad continuo por encima de cierta duración. Si lo partes, no cuentan las dos mitades: el contador vuelve a cero y esa noche no ha existido.
Dos matices, para que no suene a magia. No basta con una noche: hacen falta varios ciclos seguidos por encima del umbral, y entre la señal y las primeras flores visibles pasan días. Y el umbral no es universal: cada variedad trae el suyo, heredado de la latitud donde se formó su población, y por eso dos plantas del mismo huerto pueden florecer con tres semanas de diferencia.
El fitocromo y por qué un destello a medianoche lo estropea
El cronómetro tiene nombre y es una proteína con pigmento: el fitocromo. Existe en dos formas que se convierten la una en la otra según el color de la luz que le llega: la luz roja del día lo empuja hacia su forma activa, y durante la noche esa forma va revirtiendo y degradándose poco a poco.
Dicho de la manera más corta posible: al amanecer el fitocromo queda cargado, y la oscuridad lo va descargando. Si la noche es lo bastante larga para que baje del nivel crítico —en coordinación con el reloj circadiano interno, que es la parte que la explicación clásica del reloj de arena se deja fuera—, la planta registra la noche como válida.
De ahí sale lo del destello. Un momento de luz a las tres de la madrugada recarga el fitocromo y la cuenta empieza otra vez desde ese instante. No hace falta un foco: la luz roja es la más eficaz para esto y basta una fuente modesta y cercana. La de la luna llena, en cambio, se queda muy por debajo del umbral, y por eso las plantas llevan floreciendo bajo lunas llenas desde mucho antes de que existiéramos.
Un detalle que ordena lo anterior: quien mide la noche son las hojas, no los cogollos. Al detectar la señal, la hoja fabrica una proteína móvil que viaja por la savia hasta los ápices y allí ordena el cambio. Por eso la floración es una decisión de toda la planta y no de cada rama por su cuenta.
El calendario de la luz en España, del solsticio a la cosecha
El día más largo del año cae el 20 o el 21 de junio, y a partir de ahí ya no hace más que acortarse. Pero lo hace de una forma que despista: cerca del solsticio la curva está casi plana. En la primera semana de julio el día pierde menos de un minuto diario; a mediados de septiembre está perdiendo casi tres.
Las cifras cambian de un extremo a otro del país. El 21 de junio hay casi quince horas y media de sol en Bilbao, poco más de quince en Madrid y algo menos de catorce y media en Málaga. Como el umbral se cruza antes donde el día de partida es más corto, en la mitad sur la señal llega una o dos semanas antes que en la cornisa cantábrica. Y hay que sumar el crepúsculo: la planta percibe niveles de luz muy bajos, así que su «día» empieza antes del amanecer y acaba después del ocaso.
La consecuencia práctica, sin entrar en cómo se cultiva nada: en la mayor parte de España las plantas de exterior fotodependientes entran en floración entre finales de julio y agosto, y se cosechan entre finales de septiembre y noviembre según lo larga que sea la floración de cada una. El calendario no lo elige nadie: lo pone la órbita.
De ahí sale una limitación conocida: las poblaciones ecuatoriales crecieron bajo doce horas de luz todo el año, así que traen umbrales bajos y floraciones larguísimas, y plantadas en Galicia las coge el otoño sin terminar. Es una de las razones por las que la genética de origen importa tanto, y lo cuento en landraces y genética del cannabis. Es también la diferencia de fondo entre trabajar bajo el cielo o bajo techo, que desarrollo en cultivo de interior y de exterior.
Las automáticas: por qué la ruderalis no mira el cielo
En 1924, el botánico ruso Janischewsky describió en la cuenca del Volga unas poblaciones de cannabis silvestre distintas de las conocidas: pequeñas, de semilla que se desprendía sola y de ciclo cortísimo. Las llamó Cannabis ruderalis, por «ruderal», el término que designa a las plantas que colonizan cunetas y terrenos removidos.
Su rareza no es un capricho, es aritmética de la latitud. En una estepa a 55 grados norte el verano dura tres meses y las noches de junio son tan cortas que una planta que espere a que la oscuridad se alargue recibiría la señal en agosto, y la mataría la helada antes de madurar la semilla. Sobrevivieron las poblaciones que se saltaron el mecanismo: florecen por edad, a las pocas semanas de germinar, pase lo que pase con la luz.
Ese rasgo es el que se cruzó con genética fotodependiente para obtener lo que hoy se vende como automáticas, un trabajo que se popularizó a principios de los dos mil. Y tiene una peculiaridad que explica por qué costó tanto: el carácter automático es recesivo. Cruzar una automática con una fotodependiente da una primera generación entera fotodependiente, y hay que seguir trabajándola para recuperarlo. No es un interruptor que se pega.
| Fotodependiente | Automática | |
|---|---|---|
| Qué dispara la floración | Varias noches largas seguidas | La edad de la planta |
| Origen del rasgo | Poblaciones de latitudes medias y trópicos | Ruderalis del este de Europa y Asia central |
| Quién manda en el calendario | El cielo, o quien controle la luz | Un reloj interno que no se negocia |
| Una luz encendida de noche | Puede retrasar o revertir la floración | Le da igual |
| Esquejes y plantas madre | Se puede clonar y conservar una madre | El esqueje tiene la edad de la madre y florece igual: no sirve |
| Duración del ciclo | Variable; el crecimiento se puede alargar | Fija, en torno a dos meses y medio o tres desde la semilla |
| Ante un contratiempo | Se puede esperar y recuperar la planta | La planta no espera |
| Porte habitual | Muy variable, a veces grande | Casi siempre pequeño |
Se gana previsibilidad y velocidad. Se pierde margen: no hay forma de alargar el crecimiento, ni de guardar una planta buena como madre, ni de corregir a tiempo un problema, porque el reloj sigue corriendo mientras la planta se recupera. Y como el rasgo entró desde una población silvestre pequeña y poco resinosa, las automáticas arrastraron años de fama de flojas; la selección posterior ha estrechado esa distancia, pero la estructura del ciclo no cambia.
Cómo llega el fotoperiodo al mostrador
Todo esto, que parece de invernadero, se nota detrás de la barra tres veces al año.
La primera es la estacionalidad brusca. Como la órbita pone la fecha, lo que viene de exterior no llega repartido: llega concentrado en unas pocas semanas de otoño, casi todo a la vez. El club que depende de esa fuente vive un noviembre con más variedad de la que puede rotar y un junio con dos tarros y medio. Ese vaivén no es un fallo de gestión, es el fotoperiodo, y se planifica sabiendo que existe.
La segunda son las variedades de temporada. Hay nombres que solo aparecen en una parte del año porque solo hay una cosecha suya, y desaparecen hasta la siguiente. Cuando un socio pregunta en abril por aquella que le gustó, la respuesta honesta suele ser que no la habrá hasta octubre. Se explica en una frase, si alguien lo sabe.
La tercera es la más incómoda: dos lotes del mismo nombre no son la misma cosa. Misma genética, otra campaña, otra luz, otro secado, y el aroma cambia lo bastante para que la gente lo note. «Esta no es la de antes» casi nunca es una queja infundada. Y la única forma de sostener esa conversación sin discutir es tener anotado de qué lote y de qué fecha es cada tarro.
Qué preguntar cuando entra un lote
El fotoperiodo deja de ser botánica y se vuelve información útil en el momento en que llega material nuevo. Cinco preguntas cortas, hechas al recibirlo y no tres meses después:
- ¿Fotodependiente o automática? Es la primera bifurcación y condiciona todo lo demás: si se repetirá, cuándo y con qué margen.
- ¿De qué campaña es? No la fecha de entrada al club, sino cuándo se cosechó. Dos lotes separados por un año no envejecen igual.
- ¿Interior o exterior? Lo de exterior traerá el sello de su otoño concreto; lo de interior será más parecido al lote anterior del mismo nombre.
- ¿Habrá más de este? Si es de una cosecha estacional, ponerle fecha de caducidad al discurso: se acaba y no vuelve hasta la siguiente.
- ¿Es el mismo nombre que ya teníamos? Si lo es y no es el mismo lote, tiene que distinguirse en el registro, o los recuentos y las quejas se mezclarán.
Y una comprobación rápida de si en tu club esto está resuelto o solo lo parece:
- Sabéis de qué mes y de qué campaña es cada tarro que hay hoy en el mostrador.
- Dos lotes distintos del mismo nombre se distinguen en el registro y no se suman como si fueran uno.
- Quien atiende sabe decir si una variedad es de temporada o va a repetirse.
- Nadie promete en junio algo que solo entra en octubre.
- El pico de otoño está previsto antes de que llegue, y no sorprende al espacio de almacenaje.
La planta lleva millones de años midiendo la noche para no equivocarse de mes. Lo mínimo es que en el mostrador se sepa de qué mes venía cada tarro.